Reflexiones sin importancia

El único blogger que no tiene vida en el Mundo Real. Ni en este.

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Sala de espera

En una fría y muy pulcra habitación estábamos sentados Elena, sus tíos, su madre y yo, esperando con ansiedad la llegada del médico que atendió a Ariana al llegar de Emergencias.

Todo pasó muy rápido: Un taxi destartalado, una camioneta del año con un conductor de clase alta y alta también el nivel de alcohol en su sangre. Ariana tuvo suerte. El anciano conductor del anciano carro murió al instante, y el niño bien terminó bien asustado.

Movía mi pierna como si tuviera un resorte en la planta del pie. Estaba despeinado y llevaba lo primero que había encontrado en el momento en que me avisaron. Todos estábamos así. Un policía llamó a la madre de Ariana, quien avisó a su esposo, quien despertó a media familia, de la cual sólo Elena y su madre se fueron con ellos, no sin antes mandarme un sms indicándome la clínica en donde se encontraba Ariana. Y fui.

El médico aún no llegaba. “¡Maldita sea!”, pensé yo. No me gusta el silencio incómodo que reina ahora. Nos conocemos, sí, pero en estos momentos es mejor no hablar, creo yo. Y al menos eso creo que creen ellos. Saco mi mp3 para escuchar algo de música.

- Y dime, Manuel, ¿cómo te va? - La madre de Ariana intenta empezar una conversación.

- Bien, señora. Gracias. - Respondo mientras guardo el mp3 en mi bolsillo. Ambos nos vimos hace unas horas, cuando fui a ver a Ariana y ella no estaba porque había salido de compras con sus amigas.

- ¿Y tus papás? - Preguntó, tratando de mantener la conversación forzada que no quería (ni ella ni yo) continuar.

- Están bien, gracias. - No era el momento propicio de seguir la rutina de repetir las preguntas para que ella respondiera que estaba bien.

De nuevo, silencio incómodo invadió el ambiente gélido y antiséptico.

- Y dime, ¿cómo…? - Empezó ella.

- Basta, mujer. - Dijo Don Papá-de-Ariana con su impasible y ronca voz. La mujer se calló, y él me miró con sus fríos y desconfiados ojos.

- Dime, muchacho. ¿Dónde estabas cuando pasó todo esto?

- Estaba en mi casa, señor. Fui a ver a Ariana en la tarde pero la señora me dijo que había salido con sus amigas.

Don Papá-de-Ariana largó un suspiro hondo y pausado y calló.

Una vez más el silencio se adueñó del lugar. Opté por volver a sacar el mp3. Lo encendí, elegí una canción al azar y cerré los ojos mientras me ponía los auriculares.

“Esto no podía estar pasando”, pensé mientras Canon in D Major de Bach sonaba con calma en mis oídos.

- Esto no puede estar pasando. - dijo la madre de Ariana.

- No… - sólo pudo decir Elena con una voz apagada, incapaz de decir nada por el shock que le produjo la noticia. Su madre la abrazó y ella rompió en llanto.

Ella no era la única que estaba destrozada. ¡Todos los estábamos, claro! 18 años y pasar por esto… ¡Y sin noticias del maldito médico! Yo no podía llorar.

Un tipo con bata blanca y mirada serena caminaba hacia la sala con paso lento pero seguro de sí mismo. Me quité los auriculares y guardé el reproductor de música en mi bolsillo.

- ¿Ustedes son los familiares de Ariana Tello?

- Sí - Dijo Don Papá-de-Ariana, quien se levantó del asiento a la vez que su esposa estaba ya a un lado del médico, a punto de estallar en preguntar y repreguntas sobre el estado de su hija.

- ¿Cómo está mi hija, doctor? - Disparó la madre de Ariana sin esperar a que el médico empezara a decir lo que pensaba comunicarles.

- Señora, su hija está grave. El accidente ha dañado partes de su cerebro. Hemos hecho todo lo posible y ahora queda esperar a cómo evoluciona el estado de su hija.

La madre de Ariana tuvo un ataque de nervios y empezó a llorar. Su esposo la abrazó mientras le decía que todo estaría bien. Elena y su madre estaban abrazadas, sollozando.

Yo, en cambio, sentí que el blanco piso de loza se hundía debajo de mí, y caía en un inmenso y oscuro hoyo. Y no tenía a nadie a quien aferrarme.

¿Qué haría ahora? ¿Qué se supone que debo hacer en estos casos? Estaba consternado, flotando en la nada, incapaz de sentir ninguna emoción a causa de la fuerte impresión que me produjo esa noticia. Mi presión bajó, mi piel se heló, mi corazón palpitó 10 veces más rápido de lo normal, mi estómago se hizo un nudo, y mi garganta también. Mis ojos se llenaron de lágrimas que no podía, por más que intentara, guardar.

Bajé la cabeza y me llevé las manos a la cara para que mi dolor sea lo más personal posible. Sólo tenía 18. Y yo también. Lo único que pasó por mi cabeza en esos instantes fue “estaré con ella pase lo que pase”. No era una obligación, era un honor.

Libertad - II

Ahhh… la universidad, hermoso lugar lleno de gente de mierda donde puedo fingir que voy apurado y con ganas de aprender. Me voy a la biblioteca a "estudiar", algo imposible entre idiotas que no saben que los móviles tienen una opción llamada "vibrador" e imbéciles que llegan a conversar.

De todas formas no me quejo, yo estoy con mi laptop viendo videos en YouTube.

Una de las ventajas de vivir solo es que puedes dormir a las 10 sin que tu madre te diga "¡A dormir!" ni que esa misma melodiosa voz "¡Yaaaa, levántate!". Y también que puedes invitar a tu novia a dormir contigo, lo que no significa que sea en la misma cama.

Entro al salón y espero a que mi querida compañera de clases con la cual hago mi trabajo de fin de ciclo, y de la cual no sé más que su primer nombre, llegue.

- Hola, oye, ¿hiciste el trabajo?
- Sí, aquí lo tengo.
-.Bien…
- García, ¿cuándo me vas a presentar el segundo informe? - El profesor llega a mi carpeta, como todas las clases, para inquirirme sobre el tema.
- Eh… - vacilo - después de clases, profesor.

Miro a mi compañera de la manera más fría y tratando de decirle "maldigo la hora en la que me metí a hacer el trabajo contigo, perra" con la mirada. Espero que capte la idea.

No sé si el hecho que Cecilia estudie otra carrera, y por lo tanto nunca tengamos clases juntos a pesar de estar en la misma universidad, sea algo bueno. Lo que sí sé es que al menos ella tiene la suficiente inteligencia para no juntarse con tipas como Alicia, mi morena compañera de trabajo de fin de ciclo.

Al fin se termina clase y yo voy raudo a mi nueva casa. Como recién me mudé sólo tengo mi cama, un par de cajas con mis cachivaches y una mesita con una silla que pude llevarme de mi anterior casa. No tengo nada en la cocina y me muero de hambre, para variar.

Voy a la calle y en el horizonte aparece mi fiel novia. La espero hasta que llegue a la puerta del edificio. Trae 2 bolsas con recipientes. Genial, pienso. No tendré que gastar en comida.

- Hola, cariño mío, gracias por la co…
- Hey! Espera, primero mi beso.
- Ok… - Pongo cara de niño a punto de hacer una rabieta y le doy un beso.
.  Ahora sí, traga lo que quieras. Pero antes subamos.

Subimos, abro la puerta y llevo las bolsas a la cocina. Falta algo de tomar. Le digo que voy por una gaseosa (lo mínimo que puedo hacer después de recibir comida gratis es poner el líquido elemento) y salgo mientras ella trata de encontrar unos tenedores, cucharas, servilletas y vasos.

Salgo y una chica sale de la puerta del frente. "Diablos", pensé yo, "ahora tendré que sonreír y saludarla".

- Hola - con una sonrisa forzada (¡es que no logro sonreír a voluntad!)
- Hola - ella si puede hacerlo con naturalidad, tendré que preguntarle cómo se hace. - Me llamo Melissa. Así que tú serás mi vecino. Qué bien.
- Sí, así parece. Bueno, un gusto, nos vemos.
-Oks, ¡bye!

Bajo por las escaleras (el ascensor funciona pero no quiero tener que esperarlo mientras ella está ahí, me da mala espina) y compro una gaseosa de litro y medio, y una botella de agua mineral para ella.

Libertad - I (Ficción)

- ¿No piensas contestar?
- No.
- Podrían ser tus padres…
- Lo sé.
- Es por eso que no quieres contestar, ¿verdad?
- No. Es por eso que no voy a contestar.
- Ay… bueno… ¿Aló? Buenas tardes, señor. No, no está, salió hace ratito por algunas cosas para su cuarto…

Mientras ella contesta voy a darme una vuelta por la cocina. Es agradable, no tan pequeña y cómoda, como el resto de la casa.
El día que cumplí 18 tuve con mi padre una conversación, la primera conversación padre-hijo desde aquella vez que tuve un accidente.

- Papá, ¿podemos hablar?
- Sí, hijo, dime.
- Bueno, ¿recuerdas cuando me dijiste que cuando cumpla 18 me comprarías un departamento para vivir solo?
- No…
- Sí lo recuerdas pero te da vergüenza decir que sí porque cuando lo hiciste estabas muy enojado conmigo. De todas formas eso no importa. Lo que importa es que quiero ese departamento.
- ¿Estás seguro?
- Muy seguro.

Luego de esa conversación subí a mi cuarto y no pude dejar de saltar de la emoción hasta que casi me da una crisis de asma. Sí, soy como Steve Rogers antes de tomar el suero del supersoldado. Y a veces me siento como Hulk.

Hoy, una semana después de haber elegido el departamento, llamar a mi padre, mostrárselo y hacer que acepte (no quería porque "estaba muy lejos de la casa"), estoy aquí, instalándome y con una enorme sonrisa en mi demacrada cara.

Cecilia, mi novia, me está ayudando con la mudanza. Es una buena chica a la que conocí hace mucho y la cual siempre estuvo en los muchos momentos en los que necesitaba conversar con alguien. Y eso es todo lo que tengo que decir a su favor.

- Oye, era tu padre. Me dijo que te dijera que tu madre dice que quiere conversar contigo. Y él también.
- Lo sé.
- Por eso te quiero mucho, porque todo lo sabes. - Mientras me dedica una infantil y dulce sonrisa.
- Lo sé. - Le devuelvo la sonrisa de una manera socarrona y cariñosa.
- Y… ¿llamarás a tus padres? - Me pregunta con una mirada expectante.
- Niña, estoy contigo porque eres casi como yo. ¿Tú que crees?
- Pero… son tu padres, Manuel.
- Qué observadora eres…
- Es en serio, ¿es que no vas a hablar con ellos?
- Nopo. Si estoy aquí a tan "corta" edad es porque precisamente - y abrí bien la boca para vocalizar y acentuar cada sílaba - no quiero saber nada de ellos. Ahora… ¿qué dices de un chifita para celebrar?

A veces siento que ella está conmigo porque cree, al igual que yo, que nunca encontrará a un caballero. La pregunta es ¿habrán damas para esos caballeros? Entendí eso desde lo 14.

Al final pedimos algo del chifa que nos gusta a ambos y esperamos a que algún taxista que no terminó la universidad por embarazar a su compañera venga a entregarnos el pedido.

Nótese el tono autobiográfico I

Llegó a la vida universitaria un chico con aspecto enfermizo, desgarbado, cohibido y desinteresado.

Para variar, nadie se daba cuenta de su presencia, cosa que tanto a él como al os demás les importaba un bledo. De hecho, el que les importe un bledo le importaba un bledo.

Él tenía un don y una maldición: ser programador y prospecto de técnico informático. Y geek. Y el lo sabía.

No le fue difícil conseguir “amigos”: él tiene la capacidad innata para atraer a las personas, principalmente a las que él detesta: chicas “nice” que aman comprar ropa en otra ciudad porque aquí no hay “buenas tiendas, y aman las marcas; chicos de más masa corporal que cerebro, y wannabe por docenas. Ya se había acostumbrado a escuchar las tonterías consumistas de unas, y las dudas existenciales sobre elegir DC u Osiris.

El ciclo pasó y no hubo mucho que contar. Peleas, reconciliaciones, tonterías y finales pseudo felices lo entretuvieron durante medio año. En el segundo ciclo las cosas no cambiaron mucho. Más idiotas se le pegaron, pudo deshacerse de algunos, y otros se pegaron aun más. Conoció poca gente de verdad y vivió precariamente bien.

Poco a poco empezó a conocer a más personas interesantes para él, en Internet. Y así empezó a trabajar esporádicamente para poder pagar algún capricho que sus padres no querían pagar (luz, agua, internet, macbook, etc.).

Y así pasó el segundo ciclo. Entre idiotas, amigos virtuales, ganancias basadas en Adsense, etc. y una vida social aún muy apagada.

Con el tiempo se convirtió en programador freelance dedicado a lanzar proyectos en internet mientras soñaba con estudiar menos, salir más y dejar la Coca-Cola.

Heroína

Ella subió al micro. No era un viaje agradable ni mucho menos cómodo. Pero ahí estaba, asida con todas sus fuerzas de un fierro para evitar caerse ante los giros y cambios de velocidad propios de un vehículo enorme conducido por un animal.

Dos tipos subieron. Ella, que sabe a la perfección cómo es cada uno con solo mirarlo, se alarmó: No eran precisamente dos ex-drogadictos que iban a contar chistes.

Se acercaron a una joven que, distraída y estúpidamente, conversaba por móvil. Quizá pensaban robarle su pretencioso celular, quizá pensaban atracar a todos los pasajeros y al final bajar tranquilamente. Al fin y al cabo, nadie podría hacer nada.

Ella miró a la ingenua joven, y aquella captó la intención de la mirada. Despertó de su sueño europeo en el que nadie es capaz de quitarte el móvil tan violentamente y lo guardó.

Ella bajó apresuradamente en el primer paradero improvisado que hubo, y jamás volvió a saber si aquella cándida joven logró quedarse con su móvil.

Cumpleaños

Ayer fue su cumpleaños. No teníamos planeado nada; al fin y al cabo, era su día especial y ella podría decirme si elegía salir a aburrirse conmigo, quedarse en su casa viendo alguna película o salir a bailar.

Me llamó. Me dijo que quería verme para salir. “Genial”, pensé. Me sentí halagado que quisiera salir conmigo. A pesar de ser enamorados, a veces creo que ella debería estar con alguien mejor. Cosas de la baja autoestima.

A la hora indicada llegué a su casa. Se veía hermosa. Le dije “te ves bien para ser una geek”. Se rió. Ya conoce mi gusto por hacer chistes de ese tipo. Salimos.

Fuimos a caminar. Eran las 6. Se veía rara, pero feliz. Ella, con un jean, un polo negro y unas zapatillas rosas. Yo, con un jean, un polo azul y unas zapatillas azules. Parecíamos sacados de un comercial de Converse.

Le pregunté qué quería hacer. Me dijo “comer”. Fuimos a un restaurant de esos que mi poco abultada billetera puede costear con holgura. Entramos y pedimos dos platos de pollo a la parrilla y una Coca-Cola de litro y medio. Estuvo delicioso. Ella comía con avidez, mientras yo la miraba entre sorprendido y enamorado.

Estuvimos conversando largo rato. A pesar de vernos en la universidad, parecía que siempre había de qué conversar. Hablamos sobre el maldito imbécil del profesor de Programación, de nuestros amigos y sus infantiles enredos sociales, de nosotros… Era divertido hablar sobre nosotros y nuestro “futuro”. Aunque siempre tenía la sensación que no íbamos a terminar juntos, trataba de pensar que lo más probable es que terminemos casados y trabajando en algún negocio propio.

La comida se acabó, pero seguimos hablando. Se acabó la gaseosa, pero seguimos hablando. Cuando nos dimos cuenta eran las 9. Hora de regresar a la calle. No tenía planeado salir con sus amigos. No sé por qué, pero no me sorprendió. Seguimos caminando. No me preguntó sobre su regalo. Estaba en mi casa. Era un hermoso y reluciente peluche hecho por mi madre (con mi ayuda) de nuestras caricaturas. Quizá se lo diese el día siguiente, o luego de un rato antes de ir a su casa.

Fuimos a mi casa. Le di mi regalo. Se emocionó. Se rió tanto, y yo con ella. Se veía hermosa mientras miraba los muñecos con sus ojos grandes y brillantes. Me dio las gracias con un largo y efusivo beso y un abrazo de los que nunca olvidas. Los “te quiero mucho”, “gracias” y “eres genial” no faltaron. Me sentí bien al saber que ella era feliz con alguien tan simple como yo.

Al final, parece que fue un cumpleaños agradable. 

Carta de un admirador secreto a una belleza inalcanzable

Hola.

Quizá esta sea la peor forma de “comunicarme” contigo. Quizá sea solo un intento desesperado por hacerme notar ante ti. Lo más seguro es que luego me arrepienta tanto de haberte dado esta carta que jamás volveré a pasar por tu lado. Pero lo he hecho. En un arranque de locura; pero lo he hecho.

Tu y yo estudiamos juntos. Y cada vez que llego a clases lo primero que hago es tratar disimuladamente de mirarte con la vaga esperanza, y el irracional miedo, de que tus ojos se percaten que mis insistentes miradas.

Sin embargo, no importa. Solo con mirarte me basta. O me bastaba. Solo con escucharte participar en clase era suficiente. O lo era. Ahora solo atino a mirarte y a escucharte, sin esperar ni una mirada ni una palabra de ti.

¿Sabes? Hubiese sido más fácil ir y hablarte, tratar de ser tu amigo y esperar a que te caiga bien. Pero no puedo. Tengo tanto miedo a tu rechazo que simplemente me quedo a observarte y a escucharte, odiándome por dentro por ser tan cobarde. Así que este es un intento desesperado de un cobarde que ha tenido un destello de valentía, y que aprovecha su osadía mientras le dura para darte esta carta, esperando que la leas y no la botes como si de un triste papel se tratase.

Me gusta tu forma de ser. Eres tan segura de ti misma, tan concisa al hablar, tan pulcra al expresarte, tan exquisitamente correcta al caminar… Espero no equivocarme, pero creo que eres fantástica.

Espero y algún día pueda tener el valor de acercarme a ti.

Mierda pura.

Hermoso final para una velada en un noche triste y otoñal

Ella subió al micro. Y se sentó en la mitad. Yo vi todo eso desde las lunas de esa maldita mole de fierros oxidados. Y antes que se vaya, subí.

- No te preocupes, aún tengo para regresarme.

- Oh… Pero… ¿Por qué lo hiciste?

- Te extraño.

Y nos besamos. Y el vehículo avanzó.

La miraba como si fuese la primera vez que la mirase. Como aquella vez en que reparé en su presencia, cuando tímidamente y con miedo me preguntó si podía enseñarle algo de programación. Malditas matrices. Benditas matrices.

Ahora la miraba embobado. Y ella me miraba extrañada y divertida a la vez. Quizá piense que soy un loco que se atreve a subirse a un micro a pesar de que los odie. Quizá piense que es un bonito detalle. Quizá piense que soy un idiota.

Bajamos.

La acompaño hasta su casa. El camino es corto. Sin embargo, hablamos como si no fuéramos a llegar nunca.

Es una noche fría de otoño. El momento perfecto para parecer una pareja de película. De esas que caminan por Nueva York con gabardinas, guantes y bufandas. Hoy sólo puedo imaginarme vestido así, porque lo único de película es el viento que desordena mi cabello.

Por primera vez tengo la seguridad que alguien me quiere. Es muy extraño. Pero me gusta.

Y pensar que hace 2 años estamos juntos… Y pensar que yo jamás creía que me fuese a suceder algo bueno… 

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