Por HPNeo, el 8 de Julio del 2009. Sin comentarios.
El micro me dejó en el mismo grifo de la avenida América en donde me deja desde hace 2 años, y yo bajo con el mismo saltito con el que bajo desde hace 2 años. Y a pesar de hacer eso desde hace 2 años, no termino de acostumbrarme del todo.
El ciclo empezó hace 2 semanas y aún no me canso ni quiero morirme. Supongo que eso es bueno. Eso o ya me resigné a mi triste suerte. O quizá sea porque las cosas han cambiado y ya no me siento tan raro como en las otras 4 ocasiones en las que he tenido que pasar por El Primer Día de Clases.
Sigo sin confiar en la gente, pero con ellos es diferente: Ella no tiene temor de acercarse a mí y él no me trata como un imbécil. Y yo no tengo que botarlos ni tratarlos como imbéciles, lo cual en cierta forma es muy bueno.
- ¡Hola! Por fin llegas.
- Hola, Caro. ¿Qué tal?
- Aquí, pues, esperándote hace ratazo.
- No he hecho la tarea, lo siento.
- ¡No era eso! Y si la has hecho, te conozco.
- No puedes conocerme… apenas hemos hablado 2 semanas.
- ¡Ok! ¡Ok! ¡Qué espeso eres! – dice eso y sonríe, como siempre. A veces me molesta que la gente sonría tanto.
- Bueno, ¿qué es eso tan importante que merezca que hayas tenido que despertarte hace 5 horas para maquillarte en 2, ponerte ropa en 1, desayunar en 30 minutos, ver basura por 1 hora y venir hace 10 minutos?
- Jajaja, ¡qué gracioso eres! Bueno, te cuento…
Hoy es el cumpleaños de Ignacio, mi otro recién estrenado amigo, y ella planea salir a almorzar los 3 a uno de los 3 restaurantes que están cerca de la universidad. Por mí no hay problema, creo.
- Hola chicos, ¿qué tal? Les presento a Lily – Ignacio llegaba con una pelirroja bajita y con pecas en la nariz.
- Hola Lily – respondimos al unísono Carolina y yo, tratando de parecer la tipica pareja de amigos que saluda con alegría a la nueva integrante del grupo en las películas de instituto norteamericano.
- Hola – respondió ella, sonriendo, como todo el mundo.
- Oh, por cierto. Feliz cumpleaños, Ig. – Un amago de abrazo es mi forma de decir “Qué la pases bien, ¿eh? Ojalá no mueras este año”.
- ¡Feliz cumpleaños amigo mío! – Caro, en cambio, lo abrazó como si hubiesen pasado la voz de que hoy, en 10 segundos, se acabaría el mundo tal y como lo conocemos.
- Ejem… Caro, ya déjalo. Nadie va a morir. – Le dije con voz recriminatoria. En realidad esta escena me divertía. Era como ver Dawson’s Creek versión peruana. Todo era tan típico, tan cliché que usualmente me hubiese enfermado. Hoy, sin embargo, me parece gracioso. ¿Será que me estoy burlando? O peor aún, ¿me volví parte de eso que aborrecía?
No, eso no podría ser posible. No somos iguales al resto. No hablamos de tonterías ni nos metemos en las relaciones de los otros. Mucho menos hablamos mal de las personas que no nos caen. Al menos no abiertamente.
- ¿Alfonso? ¿Pasa algo? – Carolina me miró entre preocupada y sonriente. Como siempre, sonriendo.
- ¿Qué? No, no. Oye, tengo clases, hablamos al rato.
- ¡Ok! No te olvides, a las 12 en la puerta para ir a celebrar, ¿ok?
- Ok, chao. Nos vemos, Ignacio.
Ellos saben que soy así. Reflexivo, callado, ensimismado. Al principio creyeron que era un idiota creído. ¿Y quién no? En fin… nada que un poco de conversación iniciada por el típico “disculpa amigo, ¿tienes un lapicero que me prestes?” no puedan solucionar.
Llego a las justas a clases antes de que el profesor cierre la puerta y empiece a explicar esa aburrida tontería de las antiderivadas.
Blablabla y termina clase.
Son las 12 y salgo caminando despacio hacia la puerta de la salida. Sé que llegarán en 5 minutos así que no tengo ninguna razón para salir apurado como muchos de mis compañeros de salón. Llego y espero 3 minutos.
Caro, Ignacio y su amiga Lily están aquí. ¿Lily aquí? Debí imaginármelo: Ellos dos son ¿enamorados? ¿amigos cariñosos?… Son pareja. Y yo que creí que se moría por Carolina.
- Bueno chicos, ¿a dónde vamos? Tenemos el Rico’s, con su especial de cucarachas al vapor, el Lucho’s, con sus siempre atentas meseras, o el hueco que está a la vuelta y del cual desconozco su nombre, donde cocinan muy bien para pasar por los pelos el examen de sanidad. Yo no me decido entre ser bien atendido o comer rico, así que elijan ustedes.
- Yo creo que el Lucho’s está bien, ¿no Ignacio?
- No sé, Caro. Yo voto por la tercera opción. ¿Tú que opinas, Lily?
- La tercera opción. – Otra vez esa endemoniada sonrisa… Es raro pero me da tanta paz… Debo dejar de pensar en eso.
- Bien. 2 contra 1. Lo siento, Caro. A mí también me gusta que me engrían, pero para la próxima será.
La nueva parejita fue adelante mientras Carolina y yo conversábamos sobre las clases y esas tonterías que conversan los universitarios.
El local en cuestión no tenía letrero en la puerta, así que nunca supe cuál era su nombre. Luego me enteré que se llamaba “Doña Carmela”. Bonito nombre, supongo.
Nos atendió un chico al que me pareció haber visto en la universidad. Yo pedí una ocopa y un lomito saltado; Lily, una papa a la huancaína y un pollo frito con puré de papas, Ignacio igual; y Caro, un ají de gallina y un bistec a lo pobre.
- ¿Sabían que en el Lucho’s despidieron a una chica porque tenía el busto muy grande?
- ¿En serio? – preguntaron Caro e Ignacio.
- En serio. Al parecer al dueño le pareció que 40B era demasiado para un restaurante.
Todos se rieron, incluso Lily, que parecía un poco cohibida por los amigos de su amorcito.
- Si yo fuera el dueño también la hubiera botado. – dijo ella, cuando todos terminaron de reirse.
- ¿Ah sí? ¿Por? – preguntó Ignacio.
- Bueno, no me gustaría que la gente que trabaja en mi local llame mucho la atención, ¿no?
- Creo que tienes razón – Intervine.
- A mí me parece algo injusto, la verdad – Dijo Caro, en un ataque de brillantez feminista.
- Bueno, querida Flora Tristán, esa chica se lo tomó muy bien, a decir verdad.
- ¿Y cómo sabes eso?
- Bueno, somos amigos.
- ¿Y ella sabe que eres un pervertido?
Todos se rieron, incluso yo. A veces creo que la amistad consiste en reirse cuando a uno lo llamen “pervertido”.