¿Misántropo, yo?
Algo que oficialmente perdí hace unos días.
Como todos, yo nací siendo ingenuo. Y como pocos, a cada traición confiaba menos, a cada engaño me endurecía más, a cada mentira mi ingenuidad decrecía. Supongo que así es como debe pasar.
Y mientras menos creía, más dolía la siguiente mentira. Y más era la paranoia.
¿Y por qué volver a confiar, si ya quedó demostrado que las personas mienten, engañan, ocultan y sólo muestran el lado que más les conviene? En realidad no lo sé.
El problema con el engaño es que a veces sale tan bien que uno no se da cuenta hasta que llega el golpe y uno se queda en el aire. De la nada, un día estás de lo mejor y al siguiente te quedas sin novia, sin amigos, sin nadie en quien confiar…
La desesperación e impotencia de sentirse engañado es grande. Y no queda mucho que pueda hacerse, salvo respirar hondo y seguir adelante. Y hacer eso es una puta mierda.
Lo único que queda es fortalecer ese caparazón que cada uno forma a su alrededor, para que menos personas se nos acerquen, y menos personas logren hacernos daño con sus mentiras.
Sólo queda confiar menos, aunque al final una vez más nos rompan las ilusiones.
A mis dulces y olvidables 16 me metí a un curso de la universidad a la que quería entrar donde nos formarían en conocimientos acerca de matemáticas y liderazgo. Ni lo uno ni lo otro me interesaba, a decir verdad, pero esa universidad es la única que me gustaba en ese momento así que accedí.
En la primera clase de liderazgo, la segunda clase de la primera semana, tuve la mala suerte de dejar un asiento vacío a mi costado. O quizá nadie quería sentarse a mi lado, como hasta ahora. Y llegó ella.
Era una chica de estatura normal, nariz aguileña, ojos grandes, voz chillona, un extraño grano blanco en el borde del labio inferior y unas curvas, que si bien no eran de infarto, eran agradables a la vista. Sobretodo por ese trasero un poco grande y bien redondo.
Se sentó en el asiento vacío, mientras yo seguía diseñando a mi particular manera algunas funciones e interfaces (porque así soy yo) necesarias para el proyecto de turno. Ella inició la conversación preguntando qué hacía. Y le expliqué parcamente qué hacía. Ella se interesó, ya que estudiaría Sistemas, como yo.
Debo decir que me incomodaba ese inusual interés ya que nadie, ni quien en ese tiempo estaba conmigo, mostraba ese tipo de interés. No pude hacer nada.
Llegó la hora de dibujar nuestro “lugar de estudio”. Dibujé mi habitación, donde tenía un mueble para la computadora y mi cama. A ella le gustó mi dibujo. Le dije gracias. Nunca supe si todo eso fue un coqueteo, o ella sólo buscaba una amistad desesperadamente.
Llegó el 2007 y con ello el primer ciclo en la universidad. Y con ello, clases con ella. No supe mucho de ella porque, a pesar de sentarse siempre al otro extremo del salón, siempre me pareció lejana. Así ella pasó de largo hasta la segunda mitad del año.
Nos tocó estudiar Metodología Universitaria II. Juntos. Sin ningún conocido. E hicimos “clic”. Académicamente, claro. Lástima que se nos cruzaron un trío de imbéciles, y nada volvió a ser igual.
Su particular forma de ver la vida, donde los cambios se daban por obra y gracia del Espíritu Santo y no gracias a ella, me ponían mal. Supongo que es lo que se llama amistad.
Tenía un extraño punto blanco en el borde del labio que me inquietaba. Siempre la ví con esa cosa y nunca le pregunté por qué tenía eso. Al final terminé por aceptarlo, como su voz chillona, su forma tan física de demostrarme su amistad y su inocencia.
No sé si era el calor de los sábados por la mañana, o simplemente quería verse bien, pero era usual verla acompañada de una botella de agua mineral sin gas, sin helar. Nunca me gustó el agua mineral, y nunca me invitó, así que no tuve problemas con eso. Yo, en cambio, llevaba una botella de Coca-Cola helada de medio litro.
Un sábado, en el break de la clase, me invitó su agua. Tuve que aceptar, por cortesía. Quiso la Casualidad que luego de unos días me diera cuenta que tenía un extraño punto blanco en el borde del labio inferior. Quizá siempre lo tuve y nunca lo advertí.
Este año la volví a ver, luego de haber discutido con ella al punto de pelearme y no querer saber nada más de ella. Y a pesar de querer volver a entablar una amistad, la volví a ver tan lejana como el primer ciclo que compartimos. Y me resigné.
Ahora no la veo, y quizá nunca la vea, ya que se retiró de la universidad. Y cada vez que veo ese extraño punto blanco en el borde de mi labio inferior la recuerdo con amargura y melancolía, por aquellos días donde me enojaba su fanatismo y me reía de su candidez.
Si algún día llegara a extrañar a alguno de los amigos que perdí, sin duda sería a ella.
Me considero un observador de la especie humana, un clasificador antropológico, un Linneo de las personas.
En la clase de hoy sólo pude distinguir dos tipos de personas:
Seguiremos informando.
Hace unas horas una amiga me estaba contando que le había llegado al correo un video de pornografía infantil.
Yo, que nunca he buscado ese tipo de cosas ni para saber si en realidad existen, me sorprendí y ella me dijo que me enseñaría el video, y hasta cierto momento pensé que sería una broma de esas en las que al final sale la cara de la niña del Exorcista gritando como loca.
Lo que vi, y eso que no fueron más de 30 segundos fue escalofriante. Una niña de unos 5 años coqueteaba con mucha naturalidad con un hombre al que sólo se le ve el pene erecto, abre sus piernas como si se tratara de una mujer adulta y hasta ahí pude ver porque me entró un asco increíble.
No se me ocurre qué clase de enfermedad mental puede tener alguien que disfruta viendo esto y que sueña con algún día hacerlo realidad. Y tampoco se me ocurre qué clase de castigo se les puede dar a esas personas que abusan de la inocencia de un niño haciéndole hacer cosas como esas. Me imagino también la clase de traumas que pueden dejar en un niño o niña el que un familiar, un amigo, un conocido la toque sin su permiso y la convenza de que es algo “normal y que todos hacen”, no sé si alguna vez esos niños podrán recuperarse de la desgracia en la que viven o si alguna vez podrán tener una vida normal, una vida sexual normal. Supongo que se quedarán siempre con la idea de que los demás son más que ellos, que lo que ellos quieran no le importa a nadie y que los demás pueden pasar por encima de ellos sin ningún remordimiento.
Y aquí también me entra una sensación de impotencia, porque tengo primos, sobrinos y sobrinas, que si es que algún día sé que alguien está abusando de ellos de esa manera, no sé qué cosa sería capaz de hacer. Realmente es preocupante que un ser “humano” sea capaz de hacerle tanto daño a alguien que debería estar lleno de esa inocencia e ingenuidad que tienen los niños porque es lo natural en ellos.
Me gustaría que todos podamos hacer algo en contra de esto, no sé si sea posible o si esté en nuestras manos pero creo que todos podríamos empezar por nuestras casas. Enseñándoles a los niños que merecen todo el cariño que uno les pueda dar y que nadie tiene derecho a hacerle cosas que el no quiere, enseñarles que ante cualquier cosa extraña que pase a su alrededor ellos siempre pueden contar con su familia y que deben tener confianza en ella. Es una pena que pasen este tipo de cosas pero es una realidad contra la que tenemos que luchar y tratar de mantener siempre a la gente que conocemos lejos de ella.
El hecho de que estén numerados y no con viñetas es porque ese es el orden de prioridades. Algo obvio, pero nunca se sabe.
Sigue estos consejos y tendrás una vida mejor.
Tengo 18 años recién cumplidos y no me había percatado de esto hasta hace unos días, pero realmente tengo miedo a crecer. Y supongo que es normal.
Conozco a personas que ya tienen 20 años y aunque sólo sean 2 años o menos de diferencia siento que pertenecen a otro mundo, completamente distinto del mío. Y eso me hace pensar que yo también estaré ahí y que no estoy haciendo nada para poder llegar a esa edad y a ese mundo nuevo y decir “aquí estoy, completamente formado, con metas hechas y una situación estable”.
No sólo me refiero a terminar de moldear mi personalidad, ni a tener una verdadera vocación por mi carrera, si no que siento que debería meterme a las cosas serias referentes al ámbito en el que quiero trabajar. Dicho de otra forma, (y haciendo un parangón con el fútbol) debería entrar a la “segunda división” del desarrollo web y no quedarme haciendo pequeños trabajos que me dan más experiencia que dinero.
Sólo hay un ligero problema: El temor al cambio. Y ese temor, que tengo desde que nací, me está impidiendo seguir con el curso natural de las cosas. Aceptar propuestas ambiciosas, emprender proyectos arriesgados, ese tipo de cosas son las que no puedo hacer por temor al fracaso, al cambio… Siento que no estoy preparado para aceptar nueva responsabilidades. Y eso me están matando lenta y dolorosamente.
A veces sólo quisiera quedarme en mis dulces 18, pero crecer es inevitable.